FOTO: David Chimoy
Una mesa, distintas expresiones del vino y una propuesta gastronómica con acento peruano. La Wine Pairing Experience celebró la visita de Carlos Cousiño Mery, séptima generación de la viña, con un menú que convirtió el diálogo entre plato y copa en su hilo conductor.
2 min de lectura
Foto : Carlos Cousiño Mery, séptima generación de la viña Cousiño-Macul
Hay un lujo que exige tiempo , detenerse ante una copa, descubrir sus matices y volver al plato para encontrar una nueva lectura. Esa fue la invitación de esta experiencia dedicada a Cousiño-Macul, cuya carta articuló cinco tiempos entre blancos, tintos y un cierre de inspiración peruana. Una secuencia pensada para explorar el maridaje como parte esencial de la conversación gastronómica.
La apertura reunió el Snack de la Casa con Cousiño-Macul Antiguas Reservas Chardonnay. Un primer encuentro de vocación aperitiva que introdujo el lenguaje de la mesa , atender a las texturas, reconocer la intensidad de cada bocado y observar cómo cambia su expresión al acompañarlo con vino.


El segundo tiempo propuso un contrapunto entre Don Luis Sauvignon Blanc e Isidora Riesling, junto al Ceviche Misterioso y Abusivo. Bajo el enunciado “Sauvignon vs. Riesling”, la carta invitaba a una lectura comparativa de dos variedades blancas. La acidez, el perfil aromático y la persistencia en boca se convertían así en claves para explorar su relación con el ceviche, uno de los grandes emblemas de la cocina peruana.


Con el arroz con magret de pato, el recorrido pasó a los tintos: Antiguas Reservas Merlot y Don Matías Carmenere. El magret —corte de la tradición culinaria francesa— introdujo otro registro gastronómico, propicio para prestar atención al cuerpo del vino, la textura de los taninos y su interacción con la untuosidad del plato. Un cambio de ritmo que desplazó el foco hacia la estructura.

El cuarto servicio llevó a la mesa el Lomazo saltado, acompañado por Cousiño-Macul Tinto W (Doble U) y Finis Terrae. La elección situó una preparación de identidad peruana en el centro del recorrido enológico. Entre bocado y sorbo, la propuesta invitaba a considerar el equilibrio de intensidades: cuánto ocupa el plato en el paladar y cómo encuentra su lugar cada copa.

El desenlace llegó con un tiramisú de algarrobina, servido con café, té o infusión a elección. Una reinterpretación del clásico italiano que prolongó el acento local del menú y abrió paso a la sobremesa.
Cinco tiempos para acercarse al vino desde la cocina, la curiosidad y el placer de comparar. Porque el buen gusto también consiste en eso: concederle a cada encuentro la atención que merece.



